Un paseo por la transformación digital de la abogacía (I)

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Un paseo por la transformación digital de la abogacía (I)

De lo analógico a lo digital

Desde lo analógico

La historia de la abogacía está jalonada de cambios profundos. La escritura supuso el primero de esos grandes cambios. El conjunto de pictogramas y símbolos plasmados en tablas de arcilla, y más tarde en papiro, imponían reglas de conducta a los habitantes y comerciantes de una comunidad. Éstas constituían expresiones tempranas de normas y leyes. Con el tiempo, se hizo necesario dotar de cohesión al acervo disgregado de leyes escritas, función que cumplió perfectamente la codificación. Interpretar y aplicar los corpus se volvió entonces una tarea compleja que excedía de las capacidades de los escribas o intercesores ocasionales, surgiendo en su lugar un colectivo de profesionales letrados que intercambiaban sus servicios por honorarios.

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La figura del abogado va indisolublemente unida a la aparición de la escritura. Pero esta no es la única tecnología –aunque sí la primera- que ha revolucionado la profesión legal. En las postrimerías del siglo XIX, Antonio Meucci inventó el teléfono que luego patentó y desarrolló Alexander Graham Bell. La comunicación a distancia a través de cables conllevó una transformación sin precedentes de las costumbres sociales y el comercio.

Gracias a esta comunicación síncrona, las partes de una negociación obtenían información más precisa sobre los bienes y riesgos de las transacciones. Como consecuencia, los costes de estas se abarataron.

Hacia lo digital

Más tarde, las máquinas de escribir mecánicas y eléctricas y los aparatos de fax, comercializados inicialmente en la década de los años sesenta del siglo pasado, facilitaron la copia, estandarización y transmisión de documentos jurídicos. También ampliaron el elenco de tecnologías que marcaron un hito en la historia de la abogacía. Sin embargo, todas esas tecnologías analógicas palidecen ante el que ha sido –y sigue siendo- el gran salto técnico: la digitalización y la economía digital.

La digitalización descansa en dos conceptos. El primero es el de dígito discreto que representa un valor determinado y finito dentro de una serie numérica. En contraposición, tenemos el dígito continuo, que dentro de la serie puede adoptar un valor infinito, incluso diferente de los valores que forman la serie numérica. Por ejemplo, en la serie “1, 2, 3, 4, 5” un dígito discreto sería cualquiera de ellos, y sólo podría adoptar uno de esos valores de la serie. En cambio, un dígito continuo podría ser “1,26” (uno coma veintiséis), o “1,265748…”, o sea, un número fuera de la serie e infinito. (Querido lector: no se preocupe, no me extenderé mucho más en digresiones matemáticas; pero creo fundamental explicar estos conceptos para entender mejor todo lo que viene después).

El segundo de los conceptos es “binario”. La vida cotidiana, hasta el advenimiento de lo digital, se basaba en el sistema decimal. La serie compuesta por los números del 0 al 9 regían nuestra vida. Por ejemplo, comprábamos 2 kilos de patatas, pagábamos 40 euros o regalábamos 2 entradas al concierto de Bruce Springsteen. El sistema binario reduce la serie a dos dígitos: 1 y 0, y todos los aparatos digitales que nos rodean funcionan activando pulsos eléctricos (uno) y apagando esos pulsos (cero) cientos de veces por segundo.

Resumiendo, la digitalización es el proceso a través del cual las señales analógicas se transforman en digitales, consiguiendo niveles de compresión y velocidad inimaginables hasta hace poco (NEGROPONTE, 1995). Esa conversión entre señales (software) no habría sido posible sin la invención de componentes electrónicos (hardware). Un ejemplo son los transistores, fabricados con materiales semiconductores capaces de permutar rápidamente entre el estado de conductor y aislante de señal (activo y apagado), propiedad que se adapta perfectamente al sistema binario.

Si cogemos millones de esos transistores, los reducimos a escala microscópica y los integramos en un pequeño soporte parecido a un ciempiés, tenemos los circuitos integrados o microprocesadores que constituyen hoy en día el corazón de los ordenadores y de todas las aplicaciones digitales, desde el conocido procesador de textos hasta la inteligencia artificial más avanzada.

 

Conocimiento jurídico

Continuando con nuestro paseo por la transformación digital, la adopción generalizada de las computadoras en la década de los años noventa del siglo XX trajo consigo nuevos cambios en el sector legal. Los abogados redactaban sus escritos con procesadores de textos, los almacenaban en el disco duro y los recuperaban cuando necesitaban escritos similares. Estas “plantillas” improvisadas fueron una de las primeras manifestaciones de la estandarización y automatización del conocimiento jurídico.

Detengámonos un momento sobre la naturaleza del “conocimiento jurídico”. Esta clase de conocimiento se alcanza mediante la observación de los hechos y la comprensión de la relación existente entre ellos y las leyes. El abogado que defiende a un presunto homicida necesita examinar evidencias -o pruebas- y su relación con las normas y sentencias penales. El fin es concluir la mejor estrategia de defensa. Pero esa estrategia, por mucho que se piense que es la mejor, no garantiza la consecución de los resultados perseguidos. Nunca tendrá la certeza absoluta de que sirva a su propósito primordial: absolver a su cliente. A lo sumo, poseerá un inferencia probable de que lo absuelvan o no en el caso de seguir su estrategia (RUSSELL, 1992).

El carácter inferido, es decir, deducido de la observación y la experiencia, y probabilístico, definen el conocimiento jurídico. Hay un tercera característica de este tipo de conocimiento que conviene resaltar, y es que su construcción se fundamenta en el código de signos que conocemos como lenguaje. Estos tres atributos (inferido, probabilístico y lingüístico) hacen que el conocimiento legal, y por extensión, el servicio que el abogado presta basándose en él, sea un candidato perfecto para digitalizarse y automatizarse.

 

Los beneficios de la digitalización

Los ordenadores, los procesadores de texto y las hojas de cálculo inauguraron la historia digital de la abogacía tras una larga prehistoria analógica que había durado dos milenios. Estas tecnologías permitieron automatizar algunas tareas de la producción del conocimiento jurídico. El siguiente avance en la digitalización del conocimiento provino de las bases informáticas de jurisprudencia y legislación que se comercializaban en discos compactos. Primero fueron los disquetes y luego los CD-ROM.

La digitalización de sentencias y leyes supuso un paso más hacia la automatización de la producción del conocimiento jurídico. Antes de las bases de datos informatizadas, los abogados tenían que adquirir y consultar pesados tomos de jurisprudencia y legislación. Esta labor no resultaba demasiado cómoda. Se necesitaba cierta pericia y bastante tiempo para encontrar exactamente lo que se estaba buscando. En la actualidad, cualquier persona que no sea abogado es capaz de localizar en cuestión de minutos una resolución judicial o norma en su portátil o tableta. Incluso muchos de esos programas informáticos ofrecen explicaciones detalladas sobre su interpretación y aplicación práctica. Esto pone al alcance de los legos en derecho un conocimiento que tradicionalmente han monopolizado los abogados.

En la segunda parte de este artículo proseguiremos nuestro paseo por la transformación digital de la abogacía examinando los avances de la inteligencia artificial y revisaremos algunos casos de aplicación.

 

*Este artículo es una adaptación del original del mismo autor publicado en la obra «Innovación&Tendencias». Wolters Kluwer, 2018.

Jordi Estalella
jordiestalella@alterwork.net
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