Digitalofilias y digitalofobias

Digitalofilias y digitalofobias

Ha transcurrido más de un año desde que se decretó el infausto confinamiento y desde que el coronavirus anunció su condición epidémica asolando todos los rincones del planeta. Las comunicaciones, sin embargo, siguieron funcionando durante la pandemia y las empresas trasladaron sus reuniones, formaciones y eventos presenciales a los ciberespacios edificados por las plataformas de videoconferencia como Zoom, Teams y Google Meet. Los abogados no fueron la excepción, y gracias a las circunstancias excepcionales de la crisis sanitaria muchos descubrieron, repentinamente, que esas plataformas se habían convertido en el cordón umbilical que les unía a sus clientes y compañeros de despacho.

Hasta ese momento la “nube” (cloud), poco extendida, incomprendida y cárdena en la profesión legal, apareció y mostró todo su esplendor causando una sensación parecida a la del niño que saborea por primera vez el algodón de azúcar. No se necesitaba un sitio fijo de trabajo, la oficina se reducía a un portátil y una serie de aplicaciones y se comenzó a considerar los desplazamientos una pérdida de tiempo. La tecnología en la nube, igual que el algodón azucarado, era vaporoso, elástico y moldeable.

La explosiva y fácil adaptación a las tecnologías digitales de la comunicación -en lenguaje llano, videoconferencia- ha creado en un buen número de bufetes una ilusión de dominio digital que los ha llevado a abrazar con efusión todo lo que suene a digitalización y transformación digital. En el lado opuesto se sitúan las firmas legales que miran con desconfianza la tecnología, estiman que la cuestión digital no aporta un valor significativo a su trabajo ni a sus clientes y se despreocupan de mejorar las competencias digitales de sus equipos. Desde luego, entremedio de estas dos posturas que representan el fervor y el escepticismo digital, a las que llamo “digitalofilia” y “digitalofobia” (toda profesión que se precie tiene sus filias y fobias), se encuentran los despachos que realizan una evaluación equilibrada de las implicaciones digitales y adoptan las decisiones acertadas.

De todos modos, estos últimos no son demasiados si atendemos al Estudio de Madurez Digital de despachos de abogados que llevamos a cabo en AlterWork en el período abril 2020-2021 y cuyos resultados parciales fueron publicados por El Confidencial hace escasos días. Los datos del estudio revelan que el 33% de los despachos continúan trabajando sin conexión a la nube y que otro 33% lo hace parcialmente, que el 65% no tiene un plan de transformación digital, que el 45% no digitaliza documentos o lo hace en una proporción menor a la mitad y que el 65% desconoce que puede implicar el machine learning o la inteligencia artificial o piensa que no producirá un impacto relevante.

La digitalofobia, a luz de dichos datos y nuestra experiencia en consultoría, podría explicarse por dos motivos complementarios. En primer lugar, un desinterés o rechazo por aquello que sale estrictamente de la órbita técnico-jurídica. El segundo motivo es la falta de una visión definida que impulse la actividad del despacho hacia las nuevas demandas que están reclamándose en el entorno digital.

La digitalofilia, conducta antagónica a la anterior, está provocando un optimismo desmesurado en las capacidades de la tecnología y las ventajas que supone para el trabajo jurídico. Llevados por este optimismo tecnológico, muchos despachos están desarrollando proyectos de digitalización sin realizar previamente un análisis contrastado del impacto que los cambios producirán en los indicadores de beneficio (eficiencia, rentabilidad, satisfacción del cliente) ni del retorno de la inversión concretada sobre esos indicadores, o están implementando tecnologías que simplemente no necesitan o, aun más calamitoso, que empeoran la situación inicial.

Casos comunes de esto último suceden cuando se comprueba que las herramientas instaladas duplican los procesos en lugar de simplificarlos, bien porque no se ha rediseñado y adaptado el proceso original a la lógica digital -el cambio se ha limitado a hacer lo mismo pero en digital-, o bien porque las nuevas herramientas no “hablan” con las que el despacho ya utilizaba.

Tanto la digitalofilia como la digitalofobia son conductas a evitar y los despachos deben optar por el camino central que es en dónde suele hallarse la virtud, aunque esta sea digital.

AlterWork AlterWork
hola@alterwork.net
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